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10 de febrero de 2013

El avispero afgano (8) Regreso al pasado en Afganistán

Retomamos nuestra serie sobre Afganistán con el recuerdo de uno de los más grandes periodistas de nuestro país, Gervasio Sánchez, sobre su experiencia en el país asiático.  


Regreso al pasado en Afganistán


No cubrí la guerra de los ochenta en Afganistán porque entonces mi principal zona de trabajo era Centroamérica y sus conflictos accionados por la retórica de la Guerra Fría. Sí, en cambio, presté mucha atención a aquella guerra que empezó cuando estudiaba Primero de Periodismo. El primer recorte, que aún guardo, fue publicado por Mundo Diario, tiene fecha del 28 de diciembre de 1979 y se titula Golpe de Estado en Afganistán. Durante los tres meses siguientes almacené decenas de artículos con la intención de utilizarlos en un hipotético viaje al país asiático que me fascinaba. En noviembre de 1982 conocí en Egipto a un viajero canario que se encontraba en Kabul cuando se produjo la intervención soviética. Recuerdo que me contó con todo lujo de detalles cómo quedaron atrapados varios turistas en aquel país que parecía varado en la Edad Media.

Durante 16 años continúe guardando todo lo que caía en mis manos sobre Afganistán. Varias veces me planteé viajar a cubrir aquella guerra que protagonizaban combatientes islámicos y soldados soviéticos pertenecientes al segundo ejército más poderoso del mundo. Pero los planes siempre se frustraron unas veces por h y otras por b.

Cuando en 1996 empecé a trabajar sobre el impacto de las minas antipersonas contra los civiles el primer país que puse en la lista fue Afganistán. Todavía recuerdo las caras de los trabajadores franceses de Médicos sin Fronteras, en cuya casa de Kabul me alojé, cuando una tarde saqué decenas de carpetas llenas de recortes que el tiempo había amarillado.

Siempre he sido partidario de leer todo lo que sea posible antes de escribir una línea sobre un país que desconozco. Ese ideal se cumplió en la Kabul de agosto de 1996 sitiada por los talibanes y defendida por criminales de guerra que hoy siguen en el poder.

Empecé a preparar unas fichas con la intención de ordenar un caudal de información que me sobrepasaba. Había quedado con Heraldo de Aragón en que empezaría a mandar crónicas al poco de llegar, pero me di cuenta de que era una opción errónea. Conseguí hablar con la redacción un par de veces y les pedí paciencia.“Ni estando aquí soy capaz de entender la complejidad de este país”, les explicaba.


Una mujer mutilada por una mina en un hospital de Kabul. Fotografía de Gervasio Sánchez

Los talibanes bombardeaban la capital todos los días. Los muertos se acumulaban en los depósitos de cadáveres. La devastación era total. No creo que haya visto nunca una ciudad más destruida que la Kabul de 1996. La guerra civil entre grupos islámicos había convertido en ruinas una de las ciudades más bellas de Asia.

Después de tres semanas intensas empecé a escribir un serial, una práctica que ya ha desaparecido de los diarios (como también el periodismo de investigación). Heraldo de Aragón había utilizado este formato en Internacional en los años sesenta y setenta. Guardo como oro en paño un serial escrito por Vicente Talón sobre Colombia de once capítulos publicado en julio y agosto de 1965 que me sirvió hace pocos años para entender mucho mejor ese conflicto eterno.

Mi serial se titulaba la crisis afgana y fue publicado a finales de agosto de 1996. Además, las páginas del cuadernillo Hoy Domingo del 1 de septiembre se abría con un reportaje titulado Kabul, el dolor perpetuo. Pero no conseguí que otros medios se interesasen por mis reportajes. Tuve varias discusiones con los responsables de la SER. “No hay espacio para Afganistán”, me dijeron. Ni siquiera era posible hablar de la tragedia afgana en agosto cuando los políticos descansan del acoso a que nos someten a los ciudadanos.

Menos de un mes después de mi regreso a casa los talibanes ocuparon Kabul sin disparar un tiro. Empezaron a llamarme de todas partes para preguntarme mi opinión. Recuerdo a tertulianos hablando como expertos cuando a mí me había costado un viaje de un mes, miles de lecturas y decenas de entrevistas enterarme de lo mínimo para no hacer el ridículo a la hora de escribir. Siempre me ha impresionado la impostura de las personas que hablan de un tema sin conocerlo.


En junio de 1997 regresé otro mes a Afganistán. El totalitarismo asfixiaba a los afganos y las mujeres se habían convertidas en sombras fantasmales que eran apaleadas en las calles por adolescente imberbes porque se atrevían a salir solas de sus casas. No había compasión con las viudas que no podían ni trabajar ni mendigar. La delación se había convertido en parte inequívoca de la vida cotidiana regulada por el intransigente código talibán. Las fotografías estaban prohibidas. Había un solo corresponsal extranjero en todo el país que trabajaba para la agencia France Press.

Pongan ustedes la fecha 10 de septiembre de 2001 como tope e intenten buscar información sobre Afganistán en cualquier diario o google. Pueden retroceder más de una década hasta el 15 de febrero de 1989 cuando el último soldado ruso abandonó Afganistán y Estados Unidos se desinteresó por el país destrozado por la guerra y con el presente hipotecado. Apenas encontrarán información. Poco o casi nada sobre la guerra civil de los noventa. Poco o nada sobre el avance de los talibanes. Algo sobre la toma de Kabul. Silencio durante años. De nuevo noticia a partir de la destrucción de los budas de Bamiyan. Los políticos, los diplomáticos y los periodistas formaron una entente para enterrar a Afganistán bajo un manto de silencio.

Ahora pongan 11 de septiembre de 2001 y avancen un día, una semana, un mes, un año, una década. Millones de artículos y reportajes, centenares de libros. Todo periodista que quiera destacar tiene que asegurarse una estancia en Afganistán aunque sea de unos pocos días. Afganistán parece, a veces, una película de buenos y malos con actores principales extranjeros, algunos secundarios locales vinculados a los crímenes de guerra o el narcotráfico, la ONU incapaz de poner orden. ¿Y los afganos? Olvidados por todos, golpeados por todos, pisoteados por todos.

En octubre de 2001 realicé un viaje apasionante durante varios días por el noreste del país. Utilizamos carreteras inservibles que nos permitía avanzar cinco kilómetros a la hora. Una distancia de 250 kilómetros la conseguimos hacer en cuatro días. Un día en Joya-Bajoudin, en la misma casa donde mataron al comandante y criminal de guerra Ahmed Massoud dos días antes de los atentados de las Torres Gemelas, aposté una cena con mis compañeros de viaje. El acuerdo fue claro: invitaba yo si veíamos una sola mujer sin burka en la zona custodiada por la antitalibán Alianza del Norte. Antes les había intentando convencer de que los grupos antitalibanes eran tan intransigentes con las mujeres como los talibanes. No me creyeron pero gané la cena.